Mostrando entradas con la etiqueta Clarice. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Clarice. Mostrar todas las entradas

9 de marzo de 2014

Sola



Hoy hace un día de puta madre. Me apetece desconectar. Cuando acabe el curro llamaré a Sonia para que nos vayamos a tomar algo por ahí, aprovechando que Carlos no está. Así no me monta el numerito de siempre. Tengo ganas de bailar, dar vueltas como una loca, saltar, tomarme una cerveza... Ni el capullo de mi jefe impedirá que disfrute del día.

- ¿Sonia?
- Dime, nena.
- Carlos está de viaje. ¿Salimos a tomar algo por la noche?
- Ok. A las 11 voy a recogerte y ya veremos qué hacemos.
- Muy bien,  fins després.


Después de hablar con ella, las horas que me faltaban del curro se pasaron más lentas de lo normal. Llegué a casa, cené y luego me duché. Cuando salía de la ducha sonó mi móvil. Era Sonia. Vaya. Me dice que no sale, que está con un tío. Pensé que se lo estaba tirando, pero no. No está con ella. Chatean. Comenta que está muy cachonda y que no puede cortar la conversación así como así. Joder. Esta noche me cambia por un polvo virtual. Da igual. Otra vez será.

Nadie me va a joder la noche. Continúo con lo que estaba haciendo. Cogí el aceite corporal, y empecé a extender una capa sobre mis piernas, desde los tobillos hacia las caderas. Luego mi cintura, mi barriga, mis senos... Me gusta darme un masaje en las tetas, cogí esa costumbre cuando me empezaron a salir, ya que decían que si no se masajeaban no crecían y tonterías así por el estilo. La verdad es que ahora lo hago porque me excita. Me relaja. Continué extendiéndome el aceite por los brazos y la espalda. 




Mis planes habían cambiado en un momento. Podría salir por la noche pero no me apetecía bailar sola. No quería que se me acercara ningún pesado. Abrí el cajón y allí estaba el lubricante. Sólo la idea de masturbarme me estaba poniendo cachonda. Sentía la humedad de mi vagina. Cogí el lubricante para experimentar con una sensación algo diferente a la de mis propios flujos. Desnuda fui a la salita y encendí una tenue luz. Puse música a con poco volumen, no quería que me desconcentrara. Me tumbé en el sofá y me puse un poco de lubricante en mis dedos y lo extendí entre las yemas. 

Inspiré profundamente y llevé mis dedos a mi buscando la zona más palpitante de mi sexo. Rodeé mi clítoris una y otra vez. Suavemente, sin apretar demasiado. Extendía el lubricante y se mezclaba con mis flujos cada vez que bajaba hasta mi vagina. ¿Sabes? Pienso que estoy contigo, que mis dedos son tus dedos. Entonces ligeramente penetran dentro de mi y salen para buscar otra vez el palpitar de mi clítoris. Lo rodean otra vez y lo aprietan un poco. Ahora necesito más presión, más rapidez, más... de ti. Un poco más fuerte, un poco más rápido. 

Si estuvieras aquí, notarías que mi respiración es más rápida, y me escucharías gemir, quedarme sin aire por momentos. Estoy imaginándote sentado a pocos metros de mi mirando cómo disfruto, como si yo fuera parte de aquella película porno que vimos juntos la otra vez. Cada vez más excitada. A punto de correrme, de gritar, de estallar. Mis dedos ¿o tus dedos? siguen frotándome, siguen apretando, me hacen gozar, gemir, disfrutar... Me ahogo...¡Me corro!¡Joder!

Finalmente no ha estado tan mal el cambio de planes. Te toca. ¿Vienes a mis sueños? 


1 de diciembre de 2010

Pesadilla


Iba de camino a casa cuando se cruzó por el camino a un viejo amigo suyo, al que hacía años que no veía. Él  se alegró mucho por verla.  Pasó lo de siempre, que cada uno tira para un lado diferente: la vida es así. Tenían tiempo de sobra para hablar, así que decidieron ir a tomar unas cervezas y así charlar tranquilamente. Estuvieron hablando de cómo les iba la vida, los problemillas del trabajo, lo bien que lo pasaban cuando salían juntos con el grupo de amigos, de qué sabían de cada uno de los demás: que si uno se había casado, que si el otro tenía hijos, que a tal chica la echaron del trabajo, que si otros se habían separado, que si había salido del armario por fin quien ya sabían... Fue una tarde muy amena.

Él comentó que tenía todavía fotos de las fiestas que se montaban,  la del Travol fue bestial: el día que se quedó solo en su casa, porque sus padres se habían ido, fue una orgía de alcohol, porros, y posiblemente algo más fuerte. ¡Las risas que se echaron! A ella le apetecía ver esas fotos, para recordar esos momentos, y decidieron ir a casa de él. 'Total, nadie me espera hoy en casa', pensó. Y se encaminaron hacia el apartamento de él. Su nombre para ella era una incógnita, pero no quería preguntar para no ponerse en evidencia.

El apartamento era frío y pequeño, pero tenía todo lo necesario para vivir, pero evitando detalles que adornasen la casa, como alguna figura, o algo que le diera calor. Una pared estaba adornada con una tabla periódica, otra con un póster de algún vídeojuego  mítico de la época, es como si no hubiera vivido aquí ni una mujer en mucho tiempo. ¿Vives solo? No, tengo este apartamento alquilado con un colega que en ese momento no está. Él entró en su habitación para buscar las fotos, mientras ella esperaba en el comedor, sentada en el sofá, y tomando una cerveza que él le acababa de traer.

Estuvieron viendo las fotos, y recordando cada momento. En ese momento, se escuchó una llave en la cerradura y se abrió la puerta. Entró el compañero de piso, un tipo alto y delgado. No era demasiado guapo, pero tenía algo en su mirada de picarón que a ella le hizo gracia. Saludó a su compañero de piso, Arnau (ahora ella conocía por fin su nombre).  Se presentó como Edu y se sentó al lado de ella, que ahora quedó entre los dos chicos. Conversaron, rieron, tomaron cubatas, ... Todo esto está lleno de agujeros de memoria. Ella no recuerda una secuencia lógica de acontecimientos, sino trozos sueltos y quizás desordenados.

Edu la empezó a desnudar, y ella se dejaba hacer. Le quitaba la camiseta, dejando entrever sus pechos. Hoy no se había puesto sujetador, ya que consideraba que sus pechos necesitaban de vez en cuando un poco de libertad de movimiento. Sus pezones se endurecieron ante una caricia. Arnau estaba detrás de ella, y le besaba el cuello, y después fue recorriendo su espalda a base de húmedos lametones. Desde atrás, la rodeó con sus brazos, y le desabrochó el cinturón. Luego recorrió con sus dedos el borde del pantalón, toda la cintura.

El otro chico, Edu, desabotonó el pantalón, y lo bajó. La descalzó y acabó de sacarle los pantalones. Edu empezó a besarle los pechos, y siguió besando su cuerpo, descendiendo por la linea media que llegaría al ombligo. 'No, esto no está bien', pensaba ella, 'me voy a casa'. Alguien le dijo 'de aquí no te vas, nena'. Y le cogió las muñecas por detrás de su espalda y se las ató con su propio cinturón. Ella intentaba huir. Pero estaba confusa. Tenía cierta curiosidad de saber cómo acabaría la escena si continuara así el transcurso. Su cabeza le decía 'vete', pero su cuerpo le pedía acabar con el calentón de hacérselo con dos a la vez. Dejaba de pelear por momentos. No tenía suficientes fuerzas. Arnau la sujetaba por detrás, mientras le apretujaba uno de sus pechos. Edu le bajaba las bragas. Sucedería lo inevitable: una violación, un polvo salvaje, todo dependería de la resistencia que ella pusiera. Miedo. Tenía mucho miedo. Ante la evidencia de lo que acontecería después emitió un grito desgarrador.

Ella se despertó sobresaltada, con sudores fríos, y palpitaciones. No entendía lo que acababa de soñar, ni la razón por la cual aparecieron esa secuencia de imágenes que la aterraron. Lamentó estar sola en ese momento, le habría gustado abrazar a su pareja para sentirse segura. De vez en cuando es bueno tener una pesadilla para demostrarnos a nosotros mismos que seguimos vivos. Ese sueño no se lo quitaría de la cabeza en mucho tiempo. 

4 de agosto de 2010

7. El cumpleaños (y II)


 ¿Para qué dar rodeos? Carlos, ahora mismo sólo quiero sexo de ti. Lo sabes. Por eso me has tumbado en la cama, boca arriba. Colocado encima de mi, me lames los labios. Me das un lengüetazo en los pezones. Bajas directamente al ombligo y me lo mordisqueas ligeramente. Y sigues bajando hasta encontrar mi sexo. Siento tu respiración. Poco a poco empiezo a notar el calor de tu lengua sobre todos los recovecos que hay en mi vagina. Exploras cada rincón, cada saliente. Me acaricias suavemente con tu lengua,  mientras cambias la velocidad y la dureza. Empiezas despacio, aceleras, frenas... Desciendes hacia la entrada de mi vagina, y me introduces la punta de la lengua, que está dura y saboreas mi esencia. Sigues lamiendo mis labios vaginales, y subes hacia mi clítoris. Me gusta mucho cómo lo haces. Jugueteas con tu lengua, lo aprisionas con tus labios, lo retuerces... y me estremezco de placer.

Mmm ¡qué sorpresa! Uno de tus dedos se ha metido en mi vagina. ¿Uno? No. Son dos. Entran y salen mientras buscan las paredes de mi vagina. No te voy a explicar lo que me gusta. Lo sabes de sobra. Mis sensaciones se multiplican cuando atacas por varios frentes. Mis caderas se mueven al son que marcan tus dedos. Me estremezco. Gimo. Grito: ¡CARLOS NO PARES! Sigues jugando con mi cuerpo, mientras yo me entrego a ti cada vez más. Me estremezco para lograr al final el orgasmo esperado. Y continúas con tus movimiento rítmico, que se convierte en un movimiento armónico cuando se suma el movimiento de uno de tus dedos rozando la entrada de mi ano. Esto es cojonudo. Me retuerzo. Me estremezco. Convulsiono. Disfruto.

Me toca a mi devolverte el favor. Pellizco tus labios con los míos. Te lamo, los mordisqueo lentamente, desde la comisura hasta el centro. Mi lengua juguetea también contigo. ¿Qué coño es eso? ¡Mierda, suena tu móvil! Te levantas a buscarlo.

- Sí, dime Marc.... Sí, claro. Salgo ahora mismo. Ya te contaré. Adéu.

Lo que me temía. Este tío parece que espera a que follemos para llamar. Anda que no me jode esto.

- Clara, tengo que coger un avión dentro de un rato para ir a Dublín a ver a unos clientes. Volveré en 3 ó 4 días. Ya continuaremos lo nuestro. ¡Feliz cumpleaños, Clarita!

Y mientras se va, todavía siento por mi cuerpo el cosquilleo del orgasmo que acababa de tener.


19 de marzo de 2010

6. El cumpleaños (I)

¡Magnífico regalo de cumpleaños, Carlos! No me esperaba algo tan sencillo de ti, a la vez de placentero. En la fiesta sólo estábamos tú y yo. Preparaste la cena, encendiste unas velas aromáticas. Cuando llegué a casa me recibiste con el pico que sueles darme cada noche. Me felicitaste y me serviste una copa de vino. La ocasióin lo merecía.Un brindis por mi, que se convirtió en un brindis por los dos. Saboreé el vino. Tienes buen gusto, canalla.
A mi, en ese momento lo que más me apetecía era darme una ducha. Venía cansada de aguantar al baboso de mi jefe. Me sentía sucia, aunque fuera psicológico. 'Carlos, me voy a duchar un momentito. Ahora vuelvo'. Me dirigí al baño. Me desnudé y me metí en la ducha. Encendí el grifo, y empecé a notar el agua caliente en mi cuerpo. Quise que el agua mojara mi cara, y para eso dirigí mi mirada al chorro de agua. Cerré los ojos. El agua chocaba contra mi cara, luego descendía por mi cuello, para seguir el camino hacia mi pecho. Entonces seguía descendiendo por mi barriga, y a altura de la cintura, unas cuantas gotas de agua  me rodearon y bajaron por mi culo, acabaron resbalando por mis piernas hasta llegar al suelo. El vapor empezó a llenar todo el lavabo. Me gusta mucho ducharme con agua muy caliente. 

Cerré el grifo. En ese momento oí la puerta. Estabas desnudo. Entraste, cerraste la puerta detrás de ti y sin decir nada, te metiste conmigo en la ducha. Te colocaste detrás de mi, y me diste un beso en el cuello. Yo había cogido ya la esponja, la había mojado y le había puesto gel. Empecé a frotarme los brazo con la esponja, desde la muñeca, ascendía poco a poco, pasaba por el antebrazo, llegaba al codo, y subía por el brazo hasta mi hombro. Una vez allí, tú me quitaste la esponja, y me empezaste a frotar la espalda, suavemente, la recorrías entera, y también subías a mi nuca. Volviste a descender la esponja recorriendo toda mi columna vertebral.

De pronto soltaste la esponja, y te convertiste en ella. Te echaste un poco de gel en las manos. Posaste tus manos con las palmas abiertas en mi cintura, y me empezaste a rodear con tus brazos. Tus manos subieron hacia mis tetas, y las masajeabas firmemente. Luego una de tus manos subió entre mis pechos hacia el cuello, mientras la otra se separaba de mis pechos y bajó hacia mi vulva, la rozaste ligeramente. Luego tus manos continuaron su andadura por mis caderas, recorriendo todo mi culo, con unos movimientos circulares y recorriste mis piernas. Me giré hacia ti, y jugueteaste con los dedos de mis piés.

Entonces empezaste el camino inverso, por mis tobillos, mis gemelos, mis rodillas, mis muslos. Te incorporabas y jugaste con mi cintura. Luego ascendiste poco a poco hacia mis pechos. Recorrías su contorno, los pezones que, a pesar del agua caliente, estaban más duros que nunca. Continuaste hacia mis axilas y recorriste mis brazos hacia las manos. Con un beso en mis labios, me cediste el relevo.

Puse gel en mis manos, de la misma manera que tú hiciste antes. Lo repartí entre las dos manos.y empecé a masajearte el cuello, para luego dirigirme a tus hombros. Me acerqué a ti, y te froté la espalda, mientras tú me abrazabas a mi también. Mi pecho podía enjabonarte tu pecho, ya que estábamos pegados el uno al otro. Mis manos recorrieron toda tu espalda, y llegaron a tu culo, que exprimí contra mi. Luego me agaché poco a poco, y recorrí la parte de atrás de tus piernas, hasta llegar a los tobillos. Después por la parte anterior de ellas, y subí despacio, hasta llegar a tus testículos. Los empecé a acariciar. Tenías una buena erección, que me hizo que quisiera jugar con tu pene un rato. Me separé y te enjaboné el pecho, jugueteando con tu vello.

'Clara, estoy muy cachondo. Vamos a la cama'. Encendí el grifo de la ducha y nos empezamos a quitar el jabón. Ya tuvimos una experiencia no demasiado buena por lamernos el cuerpo lleno de jabón. Así que mientras nos aclarábamos, no paramos de besarnos los labios. Eran besos apasionados, salvajes, eróticos y mojados. Cuando nos quitamos todo el jabón, salimos de la ducha, y sin secarnos ni nada, fuimos directamente a la habitación para acabar lo que habíamos empezado.

15 de enero de 2010

5. La reflexión de Clarice

Hoy llevo el día muy empanada. Estoy... no sé cómo decirlo, aturdida sería la palabra. Empanada. Tengo la líbido por las nubes, y ahora entiendo quién me podría bajar este calor que tengo.

- Clara, espabila.-Es la voz de mi jefe. Este facha que vive en el siglo pasado. Barrigón, con bigote. Me da mucho asco, la verdad. ¿Este hombre  tendrá vida sexual? ¿Irá de putas? Sólo de pensar la escena, me dan arcadas.

Necesito el trabajo, si no me habría ido hace tiempo. Mientras hago mi trabajo, noto unos ojos clavados en mi escote. Otra vez el guarro de mi jefe, que me está mirando las tetas. ¡Qué asco! Seis horas, sólo me quedan hoy seis horas de este calvario, y me voy hasta mañana.

Yo sigo pensando en lo que pasó el otro día con Sergio. No me puedo creer que le haya  puesto los cuernos a Carlos. Y mucho menos con alguien al que acabo de conocer. Es muy contradictorio lo que me pasa en la cabeza ahora. Por una parte estoy arrepentida porque creo que Carlos no se merece esto. Es mucho el tiempo que llevamos juntos. Pero por otra parte, me excito cuando pienso en lo que pasó entre Sergio y yo. Quizás algún día le busque. ¿Cómo puedo pensar en repetir si me estoy arrepintiendo? Estoy hecha un lío.

Alguien me acaba de dar un manotazo en el culo. Me giro rápidamente y dispuesta a darle un tortazo a mi jefe. ¡Uf, Carlos! Casi te doy un bofetón. "¡Hola, Clara! Luego comemos juntos. Hasta las 6 no he quedado con ningún cliente. Te voy a llevar al Lloid. Cuando acabes te vengo a buscar."

Carlos se fue tal y como había vuelto. Esta mañana iba vestido de sport, con sus tejanos y sus jersey del lagartijo. Si es que hasta vestido de calle no puede evitar ser pijo. Mientras te ibas, pensaba "¿Carlos, sabes que te he puesto los cuernos? ¿Te habrás dado cuenta?" ¿Cómo puedo estar pensando en repetirlo, si Carlos me quiere? Creo que no lo haré más. Me arrepentiría toda mi vida. Si al menos Carlos fuera tan bueno en la cama... ¡Buf, estoy hecha un lío!.

Luego saldré un rato y para despejarme y salir de este ambiente. Desde la noche aquella no he vuelto a saber de Sonia. Supongo que se acabaría liando con el maromo aquél. Nunca hablamos de los detalles. Algún día la llamaré para quedar con ella. Pero eso será más adelante, no quiero que se me fastidie otra vez mi relación con Carlos. Siempre que quedo con ella se mosquea. Quedan dos horas y me voy a comer con mi novio. Espero que mi jefe me deje tranquila todo el día. Suele hacerlo cuando se pasa por aquí Carlos. Una hora y 59 minutos... Ya queda menos.

1 de noviembre de 2009

4. Clarice en casa de Sergio

  Todavía recuerdo lo que pasó ayer. En el pasillo, me empujaste contra la pared, me cogiste de las muñecas, me abriste los brazos en forma cruz, sujetándolos contra la pared, y me besaste. Tus manos me soltaron las muñecas y me cogiste los pechos, me los apretaste, los sopesaste. Tus manos se posaron en mis nalgas, y me levantaste. Te rodeé con mis brazos, y con mis piernas. Noté tu sexo firme en mi sexo Y me llevaste a tu cama. Me tumbaste en ella.Te tumbaste encima de mi, y me besaste. Te levantaste. Alcé mis piernas, y tú bajaste las cremalleras de mis botas poco a poco y me las sacaste. Primero una, y después la otra. Las lanzaste lejos de nosotros.Supongo que no querías tropezar con ellas en ningún momento.

Me quitaste los calcetines. Después me acariciaste con la punta de tus dedos la parte anterior de uno de mis piés. Ascendías suavemente, despacio, hasta los tobillos. Luego seguiste subiendo por mis gemelos. Noté tus dedos suaves cómo recorrían mi pierna, hasta llegar a la parte trasera de mis rodillas. Después abriste tus manos y me pusiste las manos en los muslos, por la parte de atrás, cerca de las rodillas. Seguiste acariciando mis muslos, por la parte interna. No pude evitar separar más las piernas. Abrirlas. Al llegar a la altura de mi sexo, lo esquivaste. Tus manos decidieron rodear la parte inferior de mis glúteos, luego llegaste a mis caderas. Y entoces tus dedos jugaron con la goma de mi tanga y se enredaron en ella. Descendiste tus manos por toda la longitud de mis piernas, y mi tanga acompañaba a tus dedos. Y finalmente el tanga se liberó de mi cuerpo.



Empezaste a besar mis muslos, por la parte interna, a la altura de las rodillas, y luego fuiste haciendo un juego de lametones, caricias y besos durante todo el recorrido de mis muslos. Al final llegaste a mi sexo. Yo estaba realmente muy excitada. Noté tu cálida lengua en la entrada de mi vagina. La acariciabas suavemente. Introdujiste un poco la punta de la lengua en ella.Y me estremecí. Después tu lengua comenzó a ascender por mi sexo y rodeaste el clítoris. Mi respiración cada vez era más agitada. Ligeramente rozaste con tu lengua mi clítoris, y pegué un respingo. Te levantaste, y entonces pusiste las manos en los laterales de mi camiseta, y procediste a subirla poco a poco. Cada trozo de piel que veías, lo besabas. Me hacía gracia cómo de vez en cuando me pinchabas con tu barba, ya crecida de todo el día. Y acabaste sacandome la camiseta.

Y allí estaba yo, tumbada en tu cama, con mi sujetador y mi falda. Tú estabas vestido y de rodillas frente a mi. Así que me incorporé en la cama y decidí quitarte la camiseta. Te la quité lo más rápidamente posible, y la lancé al suelo. Después te desabroché el cinturón, y luego te desabroché todos los botones de tus tejanos de un tirón. Te empujé y te quedaste tumbado boca arriba en la cama. En ese instante me puse encima de ti. Me agaché hacia ti y te besé. Me encanta cómo besas. Mientras nos besábamos, tú me estabas acariciando la espalda con las dos manos. Recorriendo cada trozo de mi piel con la punta de tus dedos. En ese momento el tiempo se paró. Sentía la dulzura de tus besos, la suavidad de tus caricias en mi espalda, y tu abultado sexo muy cerca del mío, emanando calor. Estaba hipnotizada con tus caricias, eres un encantador de serpientes. Hasta que no me lo enseñaste no me di cuenta de que me habías quitado el sujetador.

Me levanté y te quité los zapatos. Luego los calcetines, y finalmente los pantalones. Tus slips marcaban tu abultado sexo. Y te los quité. Ahora podía ver el espectáculo que era mirar tu sexo. Tu pene erecto, tu glande rodado, las venas que recorrían tu pene. Y en la base, tus testículos marcaban su territorio. Me quité la falda. Me coloqué encima de ti. Tus manos se posaron en mis caderas. Empecé a moverme encima de ti. Tu sexo rozaba mi húmeda vagina, y luchaba por entrar. Pero a mi me encantaba el juego entre tu pene y mi clítoris. ¡Qué placer me diste! Al final tu pene encontró el camino para adentrarse en mi. Y me apretaste más tus manos sobre mis caderas, porque no querías volver a salir. Tus manos acompañaban mi movimiento, e incluso cambiabas el ritmo, a ratos más rápido, a ratos mas lento. Cómo me gustaba ver tu cara de excitación. Recuerdo que cuando llevaba un rato encima de ti, me apartaste de encima de ti y te pusiste tú sobre mi. Y continuaste haciéndome el amor. Tu pene me embestía una y otra vez. Notaba cada vez que lo introducías, cada vez que lo sacabas. Mientras, te acompañaba con el movimiento de caderas. Cada vez más rápido. Mi respiración cada vez más agitada. De repente mi cuerpo empezó a convulsionar, a contraerse. Empecé a gemir. Supiste lo que me pasaba. Yo seguí con las convulsiones, que se expandían por mis piernas, hasta llegar a las puntas de mis pies. Y empecé a gritar, a dar gritos de placer. Mientras tanto, tú seguías con tus embestidas, te introducías dentro de mi y salías. Rítmicamente. Aceleradamente. Creo que te excitó todavía más el hecho de que me vieras cómo me corría. No paraste de sonreír un momento. Entonces empezaste a respirar más fuerte. Se te desfiguró la cara. Te mordiste los labios. Echaste la cabeza hacia atrás, mientras notaba cómo te corrías. Acabaste de correrte. Te levantaste de encima de mío y noté cómo una gota de semen salió de mi vagina y bajaba por mi perineo.

Me habría gustado follar otra vez contigo, prolongar la fiesta. Pero tenía que irme a casa. Si hubiera estado enamorada de ti, me habría quedado a dormir contigo. Finalmente me vestí y salí de tu casa. Me pediste que me quedara. Me encantó esta noche contigo, Sergio.

- Clara, ¡levantate ya, que son las once! Que hemos quedado a la una para comer con mis hermanos.

¡Vaya! Era la voz de Carlos. Miro a mi alrededor y vuelvo a ver mi habitación, mi casa, mi entorno. Por un momento me alegré de que Carlos no estuviera dispuesto a darme ese polvo mañanero de los domingos. Si no, habría descubierto seguramente, alguna prueba de anoche.

Con  una sonrisa me voy a la ducha... Hoy no se ha dado cuenta de mi infidelidad. ¿Y qué si lo hubiera hecho?


16 de octubre de 2009

3. Clarice sale del pub con Sergio.



La conversación contigo, Sergio, fue muy entretenida. Trabajas y vives cerca de aquí. Tu voz es cálida, varonil. Tu ritmo de voz no es ni muy rápido ni muy lento. Tu voz me está hipnotizando. Tu aroma me está embriagando. Y esa mirada... ¡dios, qué mirada! Sólo puedo pensar: por favor, no me mires así,. No me hables así. No me acaricies el brazo de esta manera tan delicada. Me estás demostrando que tú no eres como Carlos. No me sonrías así. Tampoco te me acerques tanto. Que tu aroma me sigue embriagando. Que tu sonrisa me vuelve loca. Que tus labios son muy suaves. Que tu lengua busca suavemente la mía. Que tú  me sabes muy bien. Que tú me estás transformando en  una persona llena de paz. llena de paz y llena de fuego. Porque no puedo dejar de besarte. Porque no puedo dejar de acariciarte el hombro, de bajar con mis dedos a tu brazo, a recorrer el antebrazo hasta llegar a tu mano. Y tampoco puedo evitar dejar de besarte un rato los labios para recorrer con mis labios tus mejillas. Bajar al cuello y mordisquearlo, besarlo, lamerlo.

Me estás volviendo loca, Sergio. Tu mano está en mi rodilla, acaricia mi pierna, asciende por la parte externa de mis muslos. Los aprisionas con tus manos. Me sigues besando. Tu mano sigue recorriendo mi muslo y llega a las caderas. Tu otra mano está acariciando mi nuca, mientras tú me sigues besando. No paras de besarme, y eso me gusta mucho. Esa mano que estaba cerca de mis caderas, desciende otra vez hacia mis rodillas, la bordea, y esta vez vuelve a ascender por la parte interna de mis muslo. ¡Qué manos más suaves tienes! ¿Qué has hecho para derrumbar mi muralla? ¿Qué me ha pasado para abrir el portón antes de que rompieras del todo mi muralla? El caso es que tu mano ha llegado a mi sexo. Y yo me he estremecido. Seguramente tú habrás notado la humedad. Ahora mi mirada se torna en una mirada de deseo, de pasión, libidinosa... Dejas 20 € encima de la mesa y me guías hacia la puerta del pub. Coges mi mano. Sin decirme nada me guías hacia tu casa. Vives muy cerca de aquí.Y yo no puedo oponerme: Es más: no quiero oponerme.

No pienso si esto que está a punto de suceder está bien o mal. Ahora mismo soy un animal. Sólo me guío por mis instintos. A menudo son los instintos los que nos hacen sobrevivir, los que nos hacen tomar las decisiones más atrevidas, quizás las que hacen que nuestra especie sobreviva.

Hemos llegado a tu casa. Cierras la puerta detrás de mi. Creo que me va a gustar lo que me vas a hacer.  Ahora voy a disfrutar contigo, y la próxima vez que te vea, recordaré todo lo que en breves pasará en tu casa. No se me olvidará lo que haremos. Eso seguro. Así que cuando te vea, en mi mirada podrás notar mis sensaciones, el deseo de volverte a ver, las ganas de volver a hacerte el amor, y seguro que te darás cuenta de más cosas de las que me gustaría mostrarte.

Ahora déjame gozar de este momento.


1 de octubre de 2009

2. Clarice en el pub

Me encanta este sitio. El ambiente que hay, la música, los camareros,... y especialmente, me gusta porque estoy con mi amiga Sonia. Ella me entiende mejor que nadie. Está totalmente en contra de Carlos desde el principio. Pero nunca se opuso a que estuviera con él. Porque sabe cómo soy. Lo obstinada que soy. Y cómo voy en contra del mundo cuando éste va en mi contra.

Guiño un ojo al camarero, y entonces se me acerca y me trae una cerveza en una copa, como a mi me gusta. No le había pedido nada, pero me conoce, y ya sabe cuáles son mis gustos. El guiño sirvió para decirle, traemelo ahora, Joan. Me encanta cómo le queda esa camiseta negra y ajustada que tiene por uniforme. El primer trago de cerveza es el mejor, el que más disfruto. El resto de la cerveza está bien si la compañía es buena. La compañía... y la música. Empieza a sonar esta canción Summercat, y nos levantamos y empezamos a bailar.



Esta canción me ha dado muchas alegrías este verano. Por eso nos hemos levantado como locas. ¡Qué risas! Es lo que más me gusta hacer. Bailar como una loca, sin que nadie me tenga que parar los pies. Siento que estoy en mi salsa. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto. Salto, giro sobre mí misma, sin parar de sonreír. "¡Ops! Perdona, que te he pisado". Vaya tío. ¡Qué bueno que está! Menos mal que no se lo ha tomado mal. Le he pisado.Casi me caigo, y me ha cogido entre sus brazos para evitarlo. Sonríe y me dice: "no hay problema".

A partir del incidente hemos tenido una conversación muy amena. Se llama Sergio. Tiene 34 años. Vive cerca de aquí. Me invita a tomar algo mientras hablamos. Sigo con las cervezas.Ya le había visto otro día en este pub, pero nunca me había parado a hablar con él.

Mientras me entretengo con Sergio, observo a Sonia. Prepara sus armas. Está bailando. Contornea sus caderas. Su minifalda es ajustada de licra, le marca sus caderas. Sabe lo que quiere. Sabe a quién quiere. La conozco desde hace muchos años. Ha mirado a un chico, le ha elegido. Mueve sus caderas sensualmente, mientras se acerca hacia él, despacio, pero sin dejar de seguir el ritmo de la música. Cada vez está más cerca de él. Cada vez es más obvio que habrá un roce entre su culo y el sexo del chico. Unos centímetros más y ella será la leona que habrá cazado a su presa. Efectivamente, es así. Desde aquí puedo apreciar cómo su culo roza el paquete del chico. Cómo se frota en él.

A continuación él pone sus manos en las caderas de Sonia. Acaricia su contorno, sube hacia su cintura, y le besa el cuello. Después la gira hacia él, para depués besarla en los labios. Ella sonríe. Por un momento me mira, y ve que yo la miro a ella. Se separa del chico, que se queda atónito, pero no se mueve del lugar. Sonia se acerca a mi. Me pregunta si estoy bien. Sí, estoy bien, le digo. Me comenta entonces que se va a casa, que no se encuentra bien. Se me acerca al oído y me susurra "ya he cazado, ya te contaré". Nos damos dos besos y vuelve hacia su presa. Le besa y ambos desaparecen. Lo que él no sabe es que Sonia se lo lleva a su guarida, y que allí le devorará. Ha usado su ataque sutil pero fulminante. Esa táctica nunca le falla.

 Me quedo sola con Sergio. Me tomo otra cerveza.  Es un chico muy simpático. No puedo darme cuenta de lo bueno que está, porque me estoy acordando del cabreo que me llevó a venir aquí: Carlos. La conversación me liará hacia algo que ya contaré el próximo día.

2 de septiembre de 2009

1. Clarice




Estoy hasta los huevos de Carlos. El muy cabrón me ha dicho que me deje de tonterías y que no quede esta noche con Sonia. No la traga. Me dice "Clarice, ¿dónde vas con esa golfa?". ¿Pues qué se ha creído el gilipollas? Y siguió diciendo "no vayas con esa falda que pareces una puta". Sólo me faltaba eso por oír. Me he calzado las botas y me he largado de casa dando un portazo. He bajado las escaleras lo más rápido que he podido, mientras escuchaba a Carlos vociferar. No he querido escucharle. Y he continuado mi carrera hacia el coche.

He puesto la música con mucho volumen y me he ido a buscar a Sonia a su casa. Hoy no tengo el día. Casi me estampo contra el coche que conducía un viejo. Con suerte el día no acabará de la misma manera que ha transcurrido.

Desde hace unos días me siento atrapada. Atada. Hay algo dentro de mi que quiere huír, escapar. Algo debe cambiar, no quiero que sigan diciendome cómo tengo que hacer las cosas. ¡Maldito sea este cabrón! Cuando empecé a salir con él, tenía 22 años. Hoy, 3 años después las cosas ya no son lo que eran. Tenía la puta venda del amor que me impedia realmente ver las cosas como son. Él me decía que me pusiera faldas largas en vez de las minifaldas que siempre me he puesto y yo lo hacía, porque me había convencido de que era lo mejor, que así yo estaría protegida de los depredadores, que no quería que fuera la presa de nadie más. No quería que viera a mis amigos, ¡la de amigos que he perdido! Y después del trabajo, eran pocas las veces que me podía quedar con los compañeros a tomar unas cañas sin que hubiera discusiones después.

Hay algo dentro de mi que quiere escapar de esta prisión. ¡Mierda! Menudo frenazo me ha hecho dar ese puto crío. ¿A quién se le ocurre cruzar sin mirar y por cualquier lado? "¡Niño, joder, a ver si tienes más cuidado!". ¡Qué susto me ha dado el jodido niño!

Acabo de llegar a la calle donde vive Sonia. Aparco y me está esperando en su portería. Nos sonreímos, nos damos dos besos y nos dirigimos un par de calles más abajo de su casa, vamos al bareto al que siempre habíamos ido.

A ver qué nos depara la noche...